Lo sé, he prometido una entrada diaria... pero ahora mismo tengo una caña esperándome (en lugar de ir al gimnasio, ¡cambio de planes!) y después de perderme porque una calle está mal numerada (os prometo que el 84 está antes del 80... y yo que iba a ese 80 y solo veía el 76 y el 84 así que a pasear entre uno y otro a ver dónde estaba el dichoso 80... vamos, un espectáculo bastante lamentable). En fin, eso, que me voy de cañas... :D
Sí, lo sé, hay piedras con más vida bloguera que yo. Sí, lo sé, no he dicho ni mu de las vacaciones. Sí, lo sé, aún tengo que contar cómo fue el BODORRIO del año. Sí, lo sé, nos hemos metido de lleno en septiembre y yo con estos pelos. Pero es que ha habido ratos en los que me hubiera tirado por la ventana de no ser porque desde un segundo, como mucho, abollaría el techo de algún coche. También ha habido momentos espectaculares, ratos de tanta felicidad que semanas después siguen desatando sonrisas. Como acto de contrición, prometo entrada diaria (o casi) para parlotear virtualmente con mis queridos dos (o tres) seguidores. Vi ses!
"En fin, amigos, muy buenas tardes. Sí, la cosa está mal por aquí, pero piensen, por ejemplo, que estudios médicos afirman que uno de cada cuatro japoneses pensó en el suicidio el año pasado. Es triste, ¿verdad? ¿Y saben qué pienso? En el mejor de los casos, con un poco de suerte, algunos de esos merluzos de corbata que ahora nos asfixian desearían poder vivir aquí, tomarse una cervecita fresca en La Barrosa de Sancti Petri, apretarse unas gambas en Mallorca, entrar en la Sagrada Familia y sentir cómo se les encogen los escrotos o paseando por una huerta de Murcia extasiados por el olor a naranja, o meterse en el agua en Malpica, o sentir cómo suda la piedra en el centro de Cáceres, andar un rato por La Concha, notar cómo te aprieta la cabeza en lo alto del Teide... Nuestra forma de vida, dices tú de crisis. Nuestra forma de vida, cómo nos cuidamos los unos a los otros, cómo nos relacionamos, es un intangible valioso, es muy valioso. Quizá no puedan soportarlo y por eso nos tocan las narices. ¿Se han dado cuenta de que en la peor coyuntura económica que recordamos en la España moderna, nadie ha perdido todavía la compostura?"
De cuando los malos de la peli eran Merkel y sus secuaces, de cuando Rajoy solo había enseñado la patita por debajo de la puerta... ¿Mantendremos esta forma de vida de aquí a un tiempo? Permítenme que lo dude...
Ya ha pasado una semana desde mi aterrizaje en tierras danesas y, lejos de llevarme la posible desilusión porque hubiese idealizado el paisa(na)je, cada día me enamora más este sitio poblado por seres cuya cabellera abarca todas las tonalidades imaginables del rubio, educados a más no poder y confiados hasta extremos insospechados. Un lugar en el que llueve a diario aunque sea un poquito, para mantener sus lagos en perfecta forma y sus bosques inmaculados. Un país en el que nadie se plantea defraudar al Estado porque entienden la vida como un contrato, en el que los ciudadanos solo se consideran habilitados para reclamar sus derechos una vez han cumplido con su deber. Un cacho de tierra en el que la sanidad se mantiene exactamente igual que antes de que estallara la crisis: gratuita y universal; en el que la educación es gratuita incluso en la universidad; en el que el Estado aporta una ayuda nada desdeñable a las familias por cada hijo. Unos ciudadanos detallistas, silenciosos, pacientes, que conocen y valoran su entorno, saben quién diseñó la silla sobre la que se sientan y pueden hablar horas sobre ello, procuran que su casa sea acogedora para ellos y para quienes les visiten. Una sociedad que cree en la igualdad y en la conciliación. Y sí, pagan entre un 45% y un 65% de su salario en impuestos, pero lo consideran el inevitable precio de mantener un nivel de vida envidiable.
Puede que todo sea falso y esta maravillosa fachada oculte un edificio en ruinas, oscuro, triste y lleno de escombros. Sin embargo, la imagen que proyectan al mundo hace creer que este país es seguro, al contrario que la piel de toro en la que me dio por nacer, en la que cualquier nacional o extranjero mínimamente avispado descubre que tras el flamenco, los toros y la paella se esconden los rajoys, cospedales, fabras, toxos, méndeces, zapateros, rubalcabas, aídos y pajines con una nueva sorpresa cada día.
Así, no puedo evitar que el verde de la envidia llene mis palabras.
Helados de mango con queso desde la Plaza Mayor a la cueva de Salamanca, tardes de cine con la sala vacía, el lado bueno de la terminología, fiestas de la facultad, Cuba y las playas de Varadero, un discurso de graduación, versos de Pedro Salinas, un desayuno en el rodilla, una palabra de ánimo en el momento preciso... No son muchas las cosas que hemos compartido, pero sí las suficientes para desearte todo lo mejor: ¡felices veintiséis, Orologiaio!